Franciscanos Anglicanos

PAX ET BONUM

Escrito por obispoanglicano 22-06-2007 en General. Comentarios (0)

 

ORIGEN DEL SALUDO DE PAZ Y BIEN.

 

fuente: ofs.cl

 

Cuando uno se encuentra con un franciscano, religioso o seglar, su saludo es: "Paz y Bien". Algunos lo consideran un saludo tardío; otros opinan que arranca del mismo San Francisco.

 

Una de las primeras biografías de San Francisco nos transmite que tanto Francisco como sus compañeros basaban su pedagogía de pacificación en la verdadera paz con uno mismo y con la fraternidad, con el grupo, transmitiendo serenidad y alegría contagiosa. Decía Francisco: "La paz que proclamáis con la boca, debéis tenerla desbordante en vuestros corazones, de tal manera que por vuestra paz y mansedumbre invitéis a todos a la paz y a la benignidad".

 

El mismo Francisco, en su Testamento, recuerda algunos valores que el Señor, dador de todo bien, le ha regalado, y uno de ellos es que encontrándose con la gente les diese este saludo: "El Señor te dé la paz". Así que no solo de camino o por las calles de la ciudad, sino que en cada sermón, antes de comunicar la palabra de Dios e invitar a la conversión, deseaba la paz a los presentes diciendo: "El Señor os dé la paz".

 

La paz, fruto de la justicia, abre el camino a la bondad, lluvia fecunda del Dios que es bien, todo bien, sumo bien, y que se concreta entre los hombres en la concordia y la reconciliación. En un mundo de violencia y discordia como el medieval, pero que se prolongan también en nuestro mundo contemporáneo, me agrada recordar que Francisco se sirve de la música, de la poesía y de la experiencia del Dios que es el gozo, nuestra alegría y nuestra riqueza a saciedad, e invita a algunos de sus hermanos a que reúnan al alcalde y al obispo de Asís, que estaban enemistados, y les canten el "Cántico de las criaturas", al que añade una estrofa nueva:

 

"Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor Y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, Pues por ti, Altísimo, coronados serán".

 

El saludo de "Paz y Bien" es una invitación a abrir el corazón a la paz, fuerza interior y principio de renovación y de bien moral y social. Por eso, Francisco pedía a sus hermanos que no quería que se mostrasen tristes y enojados, sino, más bien, gozosos en el Señor, alegres y debidamente agradables.

Así que por todo esto, tened frutos de Paz y Bien y adóptalo como tu saludo muy franciscano!

 

 

 

Hábito franciscano

Escrito por obispoanglicano 22-06-2007 en General. Comentarios (20)

EL HÁBITO FRANCISCANO: Al ser lo primero que salta a la vista de quien se acerca a los franciscanos, el tema del hábito suscita curiosidad y extrañeza a la vez, pues su forma y color varía según las distintas familias franciscanas.

Hay que aclarar, en primer lugar, que ninguna de las actuales órdenes o congregaciones franciscanas, ni por forma ni por color, viste el hábito de San Francisco, que era en forma de cruz y de lana gris. El paño, en efecto, no era teñido, sino tejido con lana blanca y negra natural entremezclada que le daba un color ceniciento.

Hay quien afirma que el Santo de Asís y sus compañeros al principio no vestían de forma diferente a los pobres y campesinos de su tiempo, pero eso no es lo que se deduce de sus escritos y biografías. Es cierto que el modo de vestir de los frailes Menores (túnica larga, capucho, cuerda y calzones) era más pobre que el de cualquier religioso de aquel tiempo, mas no por eso dejaba de ser una divisa religiosa que los diferenciaba de los seglares. Las dos Reglas de San Francisco y los biógrafos del Santo hablan de la humildad y vileza del hábito de los Hermanos Menores, sin ofrecer detalles en cuanto al color o la forma de la túnica y del capucho, pues lo más importante para Francisco y a sus compañeros era la modestia y la pobreza. La segunda Regla impone a los frailes no juzgar ni despreciar "a los que visten ropas suaves y de colores", por lo que deducimos que el color debía de ser natural. Gracias a los biógrafos y a las túnicas que se conservan de San Francisco sabemos que éstas tenían forma de cruz o de tau, como expresión de que el Hermano Menor debe crucificar en sí mismo las pasiones de este mundo. En cuanto al color, sólo en el Espejo de Perfección leemos que el Santo prefería a la alondra entre todas las aves, porque "tiene un capucho como los religiosos y es un pájaro humilde... Su ropaje, o sea las plumas, tiene el color de la tierra, y ella da ejemplo a los religiosos de que no hay que tener ropa delicada o de colores, sino modesta en el precio y el color, igual que la tierra, que es el elemento más vulgar". Pero la tierra, como todos sabemos, tiene infinidad de tonalidades. Tomás de Celano, en el Tratado de los Milagros, habla de un "paño ceniciento" como el de los cistercienses de Tierra Santa, que Jacoba de Sietesolios le trajo de Roma a Francisco moribundo. La única referencia al color del hábito del Santo la encontramos en la Crónica de Roger de Wendover (muerto en 1236) y de Mateo Paris, donde se dice que "los frailes que se llaman menores... caminaban descalzos, con cinturón de cuerda, túnicas grises, largas hasta los tobillos y remendadas, con un capucho basto y áspero". En un documento del año 1233, el rey de Inglaterra ordenaba al vizconde de Londres la adquisición de una cierta cantidad de paños, la mitad de "blaunchet" o blanco para los Dominicos, y la mitad de "griseng" o gris para los Menores. En 1259, el vizconde de Cerwich compraba también ciertos paños de "russet" para las tunicas de los frailes Menores de Reading. El "russet" era el "rusetus pannus" de color rojizo, resultado de la mezcla natural de lana blanca y parda. Las Constituciones de Narbona del 1260 establecían que "las túnicas exteriores no sean ni del todo negras, ni del todo blancas", lo cual dejaba un amplio margen de tonalidades de grises. En los frescos de Giotto de la Basílica superior de Asís podemos ver, en una misma escena, hábitos grisáceos y rosados, pero siempre en tonos claros. Las Constituciones Farinerias del 1354 sólo imponen que los superiores no permitan el uso de paños con "motas de diferentes colores, ni demasiado cercanos al blanco ni al negro". La variedad de tonalidades del hábito primitivo se debía, aparte de aq la diversidad natural del color de la lana, al hecho de que el paño para las túnicas no se confeccionaban expresamente para los frailes, sino que éstos los recibían como limosna por los benefactores. Eran ellos, por tanto, quienes elegían el color y la calidad del paño, aunque siempre bajo el control del superior, según las Decretales de Juan XXII (1317) y Benedicto XII (1336).Mayor rigidez en el color se observa a partir de la división de la Orden, ocurrida en 1517, sobre todo por el valor simbólico del gris, que recuerda la ceniza y el polvo de que estamos hechos, y la penitencia. El gris fue el color oficial para todos los franciscanos hasta mediados del siglo XVIII. Tanto es así que, debido a las dificultades para conseguir tal paño en cantidad suficiente, hubo un momento en que las Constituciones de los Observantes y de los Capuchinos ordenaron que cada provincia fabricase sus propios paños para conseguir la máxima uniformidad. El capítulo general del 1694 de la Regular Observancia, por ejemplo, ordenaba que "se fabriquen paños del todo semejantes en el color y calidad, en la trama y en el grosor, tejidos con lana blanca y negra mezclada en tal proporción que resulte, a juicio de los expertos, un paño ceniciento como lo vemos en los hábitos y capas de N. P. S. Francisco, S. Bernardino de Siena y S. Juan de Capistrano, los cuales, aunque se conserven en provincias y países distintos, son de un mismo color ceniza, más o menos claro". En los Menores Conventuales se nota una cierta tendencia al negro ya en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque sus Constituciones Urbanas, en la edición del 1803 imponían el hábito gris ceniza. Esta prescripción desapareció en la edición de 1823, en parte porque con la Supresión napoleónica, habiéndose extinguido las corporaciones religiosas, sus miembros se vieron obligados a asumir el hábito talar negro del clero secular. Restaurada la Orden, los frailes prefirieron continuar con el color negro, aunque hoy el gris se está recuperando de nuevo, de manera que ya lo visten casi todos los conventuales de Asia, África y América, así como los de Australia y algunas provincias europeas. Los Frailes Menores Observantes pasaron del color ceniza al marrón hace poco más de un siglo, en la segunda mitad del siglo XIX. Se empezó en Francia y se impuso para toda la Orden en el capítulo de Asís del 1895, cuando León XIII reunificó en una sola a las distintas familias reformadas: observantes, alcantarinos, recoletos y reformados ("El color artificial de las vestiduras exteriores se parezca al color de la lana natural negruzca cn tendencia al rojo, color que en italiano se llama marrone, y en francés marron").Los Menores Capuchinos siguieron de algún modo la evolución de los Observantes, aunque, para evitar cualquier diferencia local, en 1912 se estableció que el color del hábito tenía que ser castaño, el mismo que el de los observantes, aunque algo más amarillento ("colorem debere esse castaneum, italice castagno, gallice marron, anglice chestnut, germanice kastanienbraun, hyspanice castaño"). El más parecido en la forma al de San Francisco es el hábito de los Capuchinos, por su capucho alargado y cosido al cuello de la túnica. El hábito de los Observantes se distingue por ser más ajustado y por el capucho suelto que cae sobre los hombros en forma de esclavina corta por delante y a los lados, Hermanos Menores Capuchinos http://www.capuchinos.cl Potenciado por Joomla! Generado: 7 June, 2007, 20:15 y alargada por detrás, hasta la cintura. El hábito de los Conventuales es parecido al de los Observantes, pero el capucho es más pequeño y la esclavina más baja, hasta casi tocar los codos. El hábito de los Terciarios Regulares o frailes del TOR era hasta hace pocos años de igual forma y color que el de los Conventuales, pero ahora han vuelto al color tradicional gris, con esclavina baja y puntiaguda por detrás y por delante. Más recientemente han surgido algunas congregaciones franciscanas con hábitos diferentes, pero muy semejantes a los ya citados, con túnica y capucho gris o marrón. Pero también los hay tirando a celeste, como el de los Franciscanos de la Inmaculada, e incluso de color verde. No obstante, a pesar de las diferencias de forma y color, el distintivo común de todos los franciscanos y franciscanas, que los hace diferentes de cualquier otra Orden o Congregación de la Iglesia, es el uso exclusivo del cordón de lana blanca, que Francisco eligió para ceñirse la cintura, para cumplir fielmente el mandato de Cristo, que envió a sus apóstoles por el mundo "nada para el camino", ni siquiera el cinturón (cf. Mateo 10). En cuanto al calzado, San Francisco caminó siempre descalzo, de acuerdo con el mandato de Jesús a los apóstoles: "no llevéis sandalias..." Sólo en los dos últimos años de su vida, para ocultar las vendas ensangrentadas por los estigmas de los pies, tuvo que llevar zapatos de piel o de paño, como se pueden ver en las reliquias de Asís. La Regla sólo dice que los frailes pueden usar calzado en caso de necesidad. Las sandalias, sin embargo, se impusieron pronto, como puede verse en las pinturas de Giotto, donde todos los frailes, excepto Francisco, las llevan del mismo modelo. Más tarde, los reformados que vivían en las ermitas empezaron a usar unas sandalias con suelas altas de madera llamadas zuecos o "zoccoli", de ahí que en Italia los Observantes fuesen también conocidos por mucho tiempo como frailes "zoccolanti" Bibliografía sobre el tema: Eduardo D'Alençon Ofmcap., Il colore dell'abito dei Frati Minori, en Miscellanea Franciscana 25 (1925) 9-10. Edoardo d'Alençon Ofmcap., Del capuccio dei Frati Minori, en Misc. Franc. 24 (1924) 185-187.Domenico Sparaccio Ofmconv., De colore habitus minoriticus, en Misc. Fran. 24 (1924) 198-202.Vittorino Facchinetti Ofm, Iconografia Franciscana (ensayo), Milán, S. Lega Eucaristica, 1924.Valentina Bartoli, San Francesco d'Assisi e l'abito di penitenza. Forma e colore nel XIII secolo. en Analecta Tertii Ordinis Regularis Sancti Francisci, 32 (2001), 501-571Felice Rosetti Ofmconv. L'abito francescano, Ed. Casa Mariana, Frigento (AV) 1989.tomado de fratefrancesco.com Hermanos Menores Capuchinos http://www.capuchinos.cl Potenciado por Joomla! Generado: 7 June, 2007, 20:15

TESTAMENTO

Escrito por obispoanglicano 22-06-2007 en General. Comentarios (0)

T E S T A M E N T O.

 

.  1El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. 2Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. 3Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo. 4Y el Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: 5Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. 6Después, el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. 7Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. 8Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. 9Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. 10Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros. 11Y quiero que estos santísimos misterios sean sobre todas las cosas honrados, venerados y colocados en lugares preciosos. 12Los santísimos nombres y sus palabras escritas, dondequiera que los encuentre en lugares indebidos, quiero recogerlos y ruego que se recojan y se coloquen en lugar honroso. 13Y a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, debemos honrar y venerar como a quienes nos administran espíritu y vida (cf. Jn 6,64).

 

 

14Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. 15Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó. 16Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener (Tob 1,3); y estaban contentos con una túnica, forrada por dentro y por fuera, el cordón y los paños menores. 17Y no queríamos tener más. 18Los clérigos decíamos el oficio como los otros clérigos; los laicos decían los Padrenuestros; y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias. 19Y éramos iletrados y súbditos de todos. 20Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. 21Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo y para rechazar la ociosidad. 22Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. 23El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz. 24Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias, moradas pobrecillas y todo lo que para ellos se construya, si no fueran como conviene a la santa pobreza que hemos prometido en la Regla, hospedándose allí siempre como forasteros y peregrinos (cf. 1 Pe 2,11). 25Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona, ni para la iglesia ni para otro lugar, ni con miras a la predicación, ni por persecución de sus cuerpos; 26sino que, cuando en algún lugar no sean recibidos, huyan a otra tierra para hacer penitencia con la bendición de Dios.

 

 

27Y firmemente quiero obedecer al ministro general de esta fraternidad y al guardián que le plazca darme. 28Y del tal modo quiero estar cautivo en sus manos, que no pueda ir o hacer más allá de la obediencia y de su voluntad, porque es mi señor. 29Y aunque sea simple y esté enfermo, quiero, sin embargo, tener siempre un clérigo que me rece el oficio como se contiene en la Regla. 30Y todos los otros hermanos estén obligados a obedecer de este modo a sus guardianes y a rezar el oficio según la Regla. 31Y los que fuesen hallados que no rezaran el oficio según la Regla y quisieran variarlo de otro modo, o que no fuesen católicos, todos los hermanos, dondequiera que estén, por obediencia están obligados, dondequiera que hallaren a alguno de éstos, a presentarlo al custodio más cercano del lugar donde lo hallaren. 32Y el custodio esté firmemente obligado por obediencia a custodiarlo fuertemente día y noche como a hombre en prisión, de tal manera que no pueda ser arrebatado de sus manos, hasta que personalmente lo ponga en manos de su ministro. 33Y el ministro esté firmemente obligado por obediencia a enviarlo con algunos hermanos que día y noche lo custodien como a hombre en prisión, hasta que lo presenten ante el señor de Ostia, que es señor, protector y corrector de toda la fraternidad. 34Y no digan los hermanos: "Esta es otra Regla"; porque ésta es una recordación, amonestación, exhortación y mi testamento que yo, hermano Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis hermanos benditos, por esto, para que guardemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor.

 

 

35Y el ministro general y todos los otros ministros y custodios estén obligados por obediencia a no añadir ni quitar en estas palabras. 36Y tengan siempre este escrito consigo junto a la Regla. 37Y en todos los capítulos que hacen, cuando leen la Regla, lean también estas palabras. 38Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente por obediencia que no introduzcan glosas en la Regla ni en estas palabras diciendo: "Así han de entenderse". 39Sino que así como el Señor me dio el decir y escribir sencilla y puramente la Regla y estas palabras, así sencillamente y sin glosa las entendáis y con santas obras las guardéis hasta el fin.

 

 

40Y todo el que guarde estas cosas, en el cielo sea colmado de la bendición del altísimo Padre y en la tierra sea colmado de la bendición de su amado Hijo con el santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos. 41Y yo, hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, todo cuanto puedo, por dentro y por fuera, esta santísima bendición.

 

 

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T E S T A M E N T O [Test]

 

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo. Y el Señor me dio una tal fe en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. Después, el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean sobre todas las cosas honrados, venerados y colocados en lugares preciosos. Los santísimos nombres y sus palabras escritas, dondequiera que los encuentre en lugares indebidos, quiero recogerlos y ruego que se recojan y se coloquen en lugar honroso. Y a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, debemos honrar y venerar como a quienes nos administran espíritu y vida.

 

 

Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó. Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener; y estaban contentos con una túnica, forrada por dentro y por fuera, el cordón y los paños menores. Y no queríamos tener más. Los clérigos decíamos el oficio como los otros clérigos; los laicos decían los Padrenuestros; y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias. Y éramos iletrados y súbditos de todos. Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo y para rechazar la ociosidad. Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz. Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias, moradas pobrecillas y todo lo que para ellos se construya, si no fueran como conviene a la santa pobreza que hemos prometido en la Regla, hospedándose allí siempre como forasteros y peregrinos. Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona, ni para la iglesia ni para otro lugar, ni con miras a la predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, cuando en algún lugar no sean recibidos, huyan a otra tierra para hacer penitencia con la bendición de Dios.

 

 

Y firmemente quiero obedecer al ministro general de esta fraternidad y al guardián que le plazca darme. Y del tal modo quiero estar cautivo en sus manos, que no pueda ir o hacer más allá de la obediencia y de su voluntad, porque es mi señor. Y aunque sea simple y esté enfermo, quiero, sin embargo, tener siempre un clérigo que me rece el oficio como se contiene en la Regla. Y todos los otros hermanos estén obligados a obedecer de este modo a sus guardianes y a rezar el oficio según la Regla. Y los que fuesen hallados que no rezaran el oficio según la Regla y quisieran variarlo de otro modo, o que no fuesen católicos, todos los hermanos, dondequiera que estén, por obediencia están obligados, dondequiera que hallaren a alguno de éstos, a presentarlo al custodio más cercano del lugar donde lo hallaren. Y el custodio esté firmemente obligado por obediencia a custodiarlo fuertemente día y noche como a hombre en prisión, de tal manera que no pueda ser arrebatado de sus manos, hasta que personalmente lo ponga en manos de su ministro. Y el ministro esté firmemente obligado por obediencia a enviarlo con algunos hermanos que día y noche lo custodien como a hombre en prisión, hasta que lo presenten ante el señor de Ostia, que es señor, protector y corrector de toda la fraternidad. Y no digan los hermanos: "Esta es otra Regla"; porque ésta es una recordación, amonestación, exhortación y mi testamento que yo, hermano Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis hermanos benditos, por esto, para que guardemos más católicamente la Regla que hemos prometido al Señor.

 

 

Y el ministro general y todos los otros ministros y custodios estén obligados por obediencia a no añadir ni quitar en estas palabras. Y tengan siempre este escrito consigo junto a la Regla. Y en todos los capítulos que hacen, cuando leen la Regla, lean también estas palabras. Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente por obediencia que no introduzcan glosas en la Regla ni en estas palabras diciendo: "Así han de entenderse". Sino que así como el Señor me dio el decir y escribir sencilla y puramente la Regla y estas palabras, así sencillamente y sin glosa las entendáis y con santas obras las guardéis hasta el fin.

 

Y todo el que guarde estas cosas, en el cielo sea colmado de la bendición del altísimo Padre y en la tierra sea colmado de la bendición de su amado Hijo con el santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos. Y yo, hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, todo cuanto puedo, por dentro y por fuera, esta santísima bendición.

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REGLA DE LOS HERMANOS

Escrito por obispoanglicano 22-06-2007 en General. Comentarios (6)

 

 

REGLA Y VIDA DE LA TERCERA ORDEN REGULAR DE SAN FRANCISCO – TOR –

 

Adaptada por el Obispo Dr. Fray Jorge Rodríguez Escobar fasc, para el uso de la fraternidad de “FRANCISCANOS ANGLICANOS DE LA SANTA CRUZ”.

 

 

PALABRAS DE SAN FRANCISCO A SUS SEGUIDORES.

Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y aborrecen sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y producen frutos dignos de penitencia: Oh cuán dichosos y benditos son aquellos y aquellas que tales cosas ponen en práctica y perseveran en ellas! Porque reposará sobre ellos el Espíritu del Señor y pondrá en ellos su habitación y morada. Y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo.

Somos sus esposos, cuando el alma fiel se une, en el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Somos sus hermanos, cuando cumplimos la voluntad del Padre que está en los cielos. Somos sus madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo mediante el amor divino y una conciencia pura y sincera; lo damos a luz mediante las acciones santas, que deben resplandecer para ejemplo de los demás. Oh, qué glorioso y santo y grande es tener en los cielos un Padre! Oh, qué santo y qué tierno, placentero, humilde, pacifico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable es tener un tal Hermano y un tal Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que dio la vida por sus ovejas y oró al Padre, diciendo: “Padre santo, guarda, por tu nombre, a los que me diste en el mundo; eran tuyos, y tú me los diste. Yo les he dado a ellos las palabras que tú me diste, y ellos las han aceptado, y han creído que realmente

he salido de ti y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y conságralos; por ellos yo me consagro a mí mismo. No te pido sólo por ellos, sino por todos los que han de creer en mí gracias a su palabra, para que sean consagrados en la unidad como nosotros. Y quiero, Padre, que estén conmigo donde yo estoy, a fin de que vean mi gloria en tu reino”. Amén.

En el nombre del Señor,  comienza la Regla y Vida de los hermanos “Franciscanos Anglicanos de la Santa Cruz”.

 

1. La forma de vida de los hermanos y de las hermanas de la Tercera Orden Regular de san Francisco consiste en observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, en pobreza y en castidad, de acuerdo a su estado. Siguiendo a Jesucristo, a ejemplo de san Francisco, están obligados a practicar más y mayores cosas, observando los preceptos y los consejos de nuestro Señor Jesucristo, y deben negarse a sí mismos, como cada cual ha prometido al Señor.

2. Los hermanos y las hermanas de esta Orden, juntamente con todos cuantos quieren servir al Señor Dios dentro de la Iglesia católica y apostólica, han de perseverar en la verdadera fe y en la penitencia. Se proponen vivir esta conversión evangélica en espíritu de oración, de pobreza y de humildad. Absténganse de todo mal y perseveren en el bien hasta el fin, porque el mismo Hijo de Dios ha de venir en la gloria, y dirá a todos los que le conocieron y le adoraron y le sirvieron en penitencia: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que está preparado para vosotros desde el origen del mundo.

3. Los hermanos y las hermanas prometen obediencia y reverencia a los Obispos de la Iglesia. Con el mismo espíritu han de obedecer a aquellos que han sido constituidos para el servicio de la fraternidad. Y, dondequiera que estuvieren y en cualquier lugar donde se hallaren, han de tratarse entre sí espiritual y atentamente, con respeto y consideración. Y fomenten la unidad y la comunión con todos los miembros de la familia franciscana.  

4. Aquellos que, inspirados por el Señor, vienen a nosotros con deseo de abrazar esta vida sean acogidos con bondad. En el tiempo oportuno serán presentados a los ministros que tienen la facultad de admitir en la fraternidad. 5. Los ministros han de asegurarse de que los candidatos profesan la verdadera fe católica y los sacramentos de la Iglesia. Si son idóneos, sean iniciados en la vida de la fraternidad. Y expóngaseles todo lo referente a esta vida evangélica, de modo especial estas palabras del Señor: Si quieres ser perfecto, vete y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme. Y también: el que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

6. De esta forma, dejándose guiar por el Señor, inicien la vida de penitencia, sabiendo que todos hemos de estar en disposición de conversión permanente. Como signo de la conversión y de la consagración a la vida evangélica, usen vestidos humildes y vivan con sencillez.

7. Terminado el tiempo de la prueba, sean recibidos a la obediencia, prometiendo observar siempre esta vida y Regla. Y, dejando de lado todo cuidado y toda preocupación, de la mejor manera que puedan, esfuércense por servir, amar, honrar y adorar el Señor Dios con corazón limpio y mente pura.

8. Preparen siempre en si mismos habitación y morada a ese mismo Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de manera que crezcan en el amor universal con corazones indivisos, convirtiéndose continuamente a Dios y al prójimo.

 

 

9. Dondequiera y en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, los hermanos y las hermanas crean sincera y humildemente, y tengan en el corazón, y amen, honren, adoren y sirvan, alaben, bendigan y glorifiquen al altísimo y sumo Dios eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y adórenle con corazón puro, porque es necesario orar de continuo y sin desfallecer; ya que tales adoradores busca el Padre. Con ese espíritu, han de rezar y celebrar el oficio divino en unión con la Iglesia universal. Aquellos y aquellas, que Dios ha llamado a la vida de contemplación, manifiesten su dedicación al Señor con alegría diariamente renovada y celebren el amor del Padre para con el mundo, el cual nos ha creado, nos ha redimido y por su sola misericordia nos salvará.

10. Alaben al Señor, rey del cielo y de la tierra, los hermanos y las hermanas con todas las criaturas, y denle gracias porque, por su santa voluntad y por medio de su único Hijo con el Espíritu Santo, creó todas las cosas espirituales y corporales y nos creó también a nosotros a su imagen y semejanza.

11. Conformándose totalmente al santo Evangelio, los hermanos y las hermanas reflexionen en su mente y retengan las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida.

12. Participen en el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo y reciban Su cuerpo y Su sangre con grande humildad y veneración, teniendo presente que dice el Señor: Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna. Tributen toda la reverencia y todo el honor que puedan al Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, y a Sus santísimos nombres y palabras escritas: en él han obtenido la paz y la reconciliación con Dios omnipotente todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra.

13. En todas sus ofensas, los hermanos y las hermanas apresúrense a expiarlas, interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión: y hagan frutos dignos de penitencia. Deben, además, ayunar; y esfuércense por ser siempre sencillos y humildes. Ninguna otra cosa, pues, deseen sino a nuestro Salvador, que se ofreció a si mismo en el ara de la cruz, como sacrificio

 

y hostia, mediante su sangre, por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas.

 14. Consideren los hermanos y las hermanas la excelencia tan grande en que los ha colocado el Señor Dios, ya que los ha creado y formado a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a semejanza suya según el espíritu. Creados por medio de Cristo y en Cristo, han elegido esta forma de vida que se funda en las palabras y en los ejemplos de nuestro Redentor.

15. Los que habiendo profesado la castidad perfecta por el reino de los cielos, ha resuelto voluntariamente vivir en celibato, han de cuidarse de lo que toca al Señor, y no han de tener otra preocupación que la de seguir la voluntad del Señor y agradarle a él. Obren en todo de forma que de su comportamiento irradie la caridad para con Dios y para con todos los hombres.

16. Tengan presente que, en virtud de este don eximio de gracia, han sido llamados a manifestar en su vida el admirable misterio de la Iglesia, unida a su divino esposo, Cristo.

17. Pongan los ojos, ante todo, en el ejemplo de la bienaventurada Virgen María, Madre de Jesucristo, Dios y Señor nuestro, siguiendo el mandato de san Francisco, que profesó una grandísima veneración a santa María, Señora y Reina, virgen hecha iglesia. Y recuerden que la inmaculada Virgen María, cuyo ejemplo han de seguir, se llamó a sí misma esclava del Señor.

Aquellos que han optado voluntariamente por el matrimonio, sean clérigos o laicos, procuren usar adecuadamente los dones del matrimonio, de tal manera que ni el matrimonio ni la familia sean un obstáculo para su servicio al Señor.

18. Como hermanos y hermanas pobres, a quienes el Señor ha dado la gracia de servir y de trabajar, sirvan y trabajen con fidelidad y con devoción, de tal manera que, evitando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al que deben servir las demás cosas temporales.

19. Y como remuneración por el trabajo, reciban, para sí y para sus hermanos, lo necesario para la vida corporal, y esto humildemente, como corresponde a

 

siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza. Y procuren distribuir a los pobres todo lo que les sobrare. Nunca han de desear estar sobre los demás, antes bien han de ser servidores y estar sometidos a toda humana criatura por Dios.

20. Los hermanos y las hermanas sean mansos, pacíficos y modestos, apacibles y humildes, hablando con todos dignamente, como conviene. Y, dondequiera que estén y a cualquier parte que vayan por el mundo, no litiguen ni se traben en discusiones, ni juzguen a los demás, sino que han de mostrarse alegres en el Señor, jubilosos y oportunamente donairosos. Y saluden diciendo: "El Señor te dé la paz."

21. Esfuércense todos los hermanos y las hermanas por seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo, quien siendo rico, quiso por encima de todo elegir la pobreza en este mundo, juntamente con la beatísima Virgen, su madre, y se anonadó a sí mismo. Y tengan presente que no debemos poseer nada de cuanto hay en el mundo, sino contentarnos, como dice el Apóstol, con tener qué comer y con qué vestirnos. Y guárdense mucho del dinero. Y han de sentirse dichosos cuando se hallan entre gente de baja condición y despreciada, entre los pobres y débiles, entre los enfermos y los leprosos, y con los que piden limosna a la vera del camino.

22. Los que son verdaderamente pobres de espíritu, siguiendo el ejemplo del Señor, no hacen de cosa alguna objeto de apropiación, reservándola egoístamente para sí, sino que viven como viajeros y forasteros en este mundo. Ésta es la excelsitud de la altísima pobreza, que nos ha constituido herederos y reyes del reino de los cielos, nos ha hecho pobres de cosas y nos ha enaltecido en virtudes. Sea ésta nuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivientes. Estrechándonos a ella totalmente, ninguna otra cosa queramos tener jamás bajo el cielo.

23. Los hermanos y las hermanas ámense entre sí por amor de Dios, como dice el Señor: Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado. Y muestren con las obras el amor que se profesan mutuamente.

 

Cada uno manifieste confiadamente a los demás su propia necesidad, a fin de ser ayudado y servido por ellos en los que necesita. Son bienaventurados los que aman tanto a su hermano cuando se halla enfermo y no puede corresponderles, como cuando se halla sano y puede corresponderles. Y den gracias al Creador por todo lo que les sucediere, y deseen estar tal como el Señor los quiere, sanos o enfermos.

24. Si aconteciere que surgiera entre ellos, algún motivo de disgusto, ya sea de palabra ya por gestos, enseguida, antes de presentar la ofrenda de su oración al Señor, pídanse perdón humildemente el uno al otro. Si alguno descuidare gravemente la forma de vida que ha profesado, sea amonestado por el ministro o por los demás que hayan tenido conocimiento de su culpa. Y ellos no lo avergüencen ni hablen mal de él, antes bien usen con él de gran misericordia. Todos deben guardarse de airarse y alterarse por causa del pecado de alguno, porque la ira y la alteración impiden la caridad en sí y en los demás.

25. Los hermanos y las hermanas, a ejemplo del Señor, que puso su voluntad en la voluntad del Padre, tengan presente que han renunciado por Dios a su voluntad propia. Cuando se reúnen en Capítulo, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia y exhórtense entre sí sobre el modo de observar mejor la Regla que han prometido de seguir fielmente las huellas de nuestro Señor Jesucristo. No tengan potestad o señorío alguno, sobre todo entre ellos. Por caridad de espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo. 26. Están obligados a tener siempre a uno como Ministro y siervo de la fraternidad, y a él estén obligados firmemente a obedecer en todas las cosas que prometieron al Señor guardar y no se oponen a su conciencia y a esta Regla.

27. Los que son ministros y siervos de los otros hermanos visítenlos, amonéstenlos con humildad y caridad, y anímenlos. Y, dondequiera que se hallaren los hermanos y las hermanas, los que supieren y conocieren que no pueden cumplir la Regla espiritualmente, deben y pueden recurrir a sus

 

ministros. Los ministros, por su parte, acójanlos con caridad y bondad y usen con ellos de una familiaridad tan grande que los hermanos les puedan hablar y tratar como los señores a sus servidores: porque así debe ser, que los ministros sean servidores de todos los hermanos.

28. Nadie se apropie servicio alguno, sino que debe dejar el cargo gustosamente cada uno al cumplir el tiempo establecido.

29. Los hermanos y las hermanas amen al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas, y amen a sus prójimos como a sí mismos. Y ensalcen al Señor con sus obras, ya que para esto los ha enviado al mundo, para que, con la palabra y con las obras, den testimonio de su voz y hagan saber a todos que no hay otro omnipotente fuera de él.

30. La paz que anuncian de palabra, ténganla en mayor medida en sus corazones. Nadie por causa de ellos sea instigado a la ira o al escándalo, sino que todos sean estimulados, por su misma mansedumbre, a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto han sido llamados los hermanos y las hermanas: para curar a los heridos, vendar a los quebrantados y volver al recto camino a los extraviados. Dondequiera que se hallen, recuerden que se entregaron a sí mismos y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Por amor suyo han de exponerse a los enemigos, así visibles como invisibles, porque dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

31. En la caridad que es Dios, todos los hermanos y las hermanas, ya oren ya sirvan ya trabajen, procuren humillarse en todo, sin vanagloriarse ni complacerse de sí mismo ni envanecerse interiormente de las palabras y obras buenas, más aún, de bien alguno que Dios hace o dice o realiza alguna vez en ellos y por medio de ellos. En todo lugar y en toda circunstancia, reconozcan que todos los bienes son del Señor Dios altísimo, dueño de todo, y tribútenle gracias, porque todos los bienes proceden de él.

32. Pongan empeño todos los hermanos y las hermanas en aspirar, sobre todas las cosas, a poseer el espíritu del Señor y su santa operación. Y, sujetos

 

siempre a la santa Iglesia, firmes en la fe católica, observen la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente han prometido.

Y todo el que guardare estas cosas sea colmado en el cielo de la bendición del Altísimo Padre y sea colmado en la tierra de la bendición de su amado Hijo, con el Espíritu Santo Paráclito y con todas las virtudes del los cielos y con todos los santos.

Y yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, siervo vuestro, os confirmo, en cuanto está de mi parte, por dentro y por fuera, esta santísima bendición.

 

 

Viña del Mar, 13 de Junio 2007, fiesta de San Antonio de Padua.